Tras del susto, las golondrinas. Sonreír sin alternativa en el domo de concreto al regresar el tiempo con pájaros inesperados, cuatro de la tarde. Tengo seis años en un potrero de San Miguel de Barva, horizonte cuatro vacas y fila de cipreses centenarios a una distancia indescifrable. Me lanzo al pasto, comenzón los brazos bajo las rodillas y pantalones cortos, golondrinas, nubes y golondrinas, el viento frío. Trinos cosquillas vuelo irregular todo el universo, hasta que el ruido del candado se cierra y de vuelta al trabajo, las luces se apagan, delante la ciudad. Pesan de pronto los pasos.
viernes, 11 de mayo de 2007
viernes, 4 de mayo de 2007
La Reconstrucción del Refugio II – La noche que ha sido
¿Cómo es el rostro del hombre que muere mientras me contemplo en el espejo? Yo sé que es así: yo no hallo motivo para salir respirando del baño mientras otro trata inútilmente de inhalar sólo una vez más, no dejar atrás ni rostros ni recuerdos, mientras la nada devora su mente y la carne no responde. ¿Y para qué? ¿Por qué Él, Yo o cualquiera? Yo que le temo a los recuerdos y odio los rostros (signo claro de mi pavor que paraliza) sólo me digo algo que no interpreto ni de mis ojos ni del sabor del vómito reciente cómo ni dónde ni quién, aunque todo me espere sé que igual ausente y que esta carne, la mía, responderá tarde a una fuerza ajena porque de tiempo atrás mi supuesto ser se desentiende. ¿Dónde, dónde? No sé si será eterna esta sordera de mis manos ante la carne ajena, anhelo terrorífico del placer que me hundirá más en las sábanas de profundidad indefinida y color ceguera. Así. Entre tanto él expira y las lágrimas no responden. Somos idénticos ¿Para qué él, o vos, cualquiera?
martes, 1 de mayo de 2007
En el autobús.
En la sangre el anuncio certero del horror que viene.
Carne que tiembla al despertar en las tinieblas
odiar la luz hasta el rincón en que la piel
se desvanece entre humo respirado y minutos muertos.
Mañana no pienso resucitar.
jueves, 5 de abril de 2007
La reconstrucción del refugio- Parte I
“Miro hacia el este como quien busca el sol, como quien mira hacia Jerusalén o Macca, como quien busca Kyoto o Benarés. Miro hacia el este como quien pide auxilio al legado de sus ancestros en todas las latitudes…”
Esa fue la primera vez en más de dos años en que me inclinaba ante algo. Ahí estaban mis lágrimas, no para el cruel Dios de Moisés o el arbitrario Señor de Saulo. No. Eran lágrimas para lo mejor de mí y del legado de la humanidad, del Universo entero, para ese Uno que conocieron el Carpintero de Nazareth, el Pastor de Macca, el Príncipe Renegado de Benarés o el Anciano Escriba que se perdió en la niebla con dirección a Occidente. Ese Uno que fue invocado en Teotihuacan o Macchu Picchu, Siberia o Edo, a los pies de un Árbol por los druidas o en medio de las danzas con el Kilimanjaro de fondo. Ese Uno que vive en mí, y soy yo, y que no es absolutamente nada.
Con esta, no sé cuántas veces me he visto ya en la necesidad de reinventarme. Tras de este ruego hice yoga mientras escuchaba cantos gregorianos, leí un salmo con música hindú.
Porque cada muerte es un progreso y una vuelta al principio, hoy me siento nada y todas las cosas. En mí viven el legado de Nubia y Egipto, los astrólogos de Sumeria, Leónidas y sus 300, Platón, Aristóteles, Kant, Nagarjuna, Nietzsche y el Sakyamuni, los gritos del samurai, los cantos del almuédano, los mantras del brahmán. Los llantos de las madres en Bagdad, la ansiedad de la bolsa de Pekín, los besos en Venecia o el sexo en París. Las prédicas sobre el fin del mundo en Texas o las blasfemias de poetas en el centro de San José.
Soy todo eso, más que eso, nada de eso, nunca el vacío entre ello pero sí algo que los une. Porque soy el resumen de todo objeto y todo tiempo y toda energía, pero aún así estoy destinado a morir, es que escribo, siento y hoy dejo de hacer preguntas: sólo me dejo estar mientras se deslizan las horas, al borde de un sollozo.
Porque sé que al menos hoy, de nuevo, probé la eternidad.
lunes, 19 de marzo de 2007
El alba seguía indecisa
para cuando llegó al refugio en ruinas. El sitio de tantas meditaciones y hallazgos se le hace ahora ajeno, los recuerdos de tiempos más luminosos ahí se muestran casi irreales.
Ve con claridad el sutil modo en que los pequeños placeres inocentes le fueron exiliando cada vez más de este sitio, tan amado y duramente construido. Sonrisas y amores frustrados, deseos tan perennes como insensatos, el embotamiento inútil de los sentidos...
“¿En nombre de esto te descuidé?”
Siente sobre sus hombros el peso de las noches perdidas. No hay arrepentimiento en su corazón, pero sí la intuición de que el vacío una vez casi vencido era hoy más fuerte y astuto que antes.
El techo agujereado, el suelo débil, varios pilares podridos desde adentro: el balance de lo que queda no es bueno. Pero remueve las tablas podridas de abajo y halla las cuatro rocas que sepultó para los cimientos. Intactas - como su intuición profunda de que lo que necesita para recuperarse sólo espera por estímulo y afecto.
Recita las palabras escritas en cada una de las rocas con el cincel antiguo que reposa en su carne. Entra al bosque, pero no ncecesita ir lejos: leña para el fuego, troncos nuevos para los pilares, las palmas para el techo, todo cerca de sus manos. Todo quedará seco y listo bajo un sol que al fin se le muestra aún más amable que en día antiguos.
Los precios por pagar están marcados por la inmanencia de la amistad. Pero él ya tuvo suficiente: sabe que a este sitio pertenece, sólo aquí puede ser libre. El resto del mundo que no se desvela por él podrá velar por sí mismo cuanto haga falta.
Poco después de recoger los materiales para reinventar su santuario, tratando de meditar bajo un árbol, se duerme en paz por primera vez en mucho tiempo.
lunes, 5 de febrero de 2007
El mar no cesa (o lo cambios que se suceden)
Pese a que todo en mi vida me ha ido puliendo para no apegarme demasiado a personas o cosas, la verdad es que uno con todo es un ser incompleto en sí mismo, que en el fondo quiere cosas fijas y ciertos grado de estabilidad en lo que le rodea. Pero este año, como lo he anticipado desde el comienzo de este blog, me ha ido deparando todo lo contrario: partidas y despedidas, y ahora también la desaparición de los sitios donde mejor me sentía en San José: El Bar Morazán, Tribal y el Bierfest, estos dos en Barrio la California.
Como indicó un amigo, es raro que sólo estén cerrando con este inicio de 2007 los sitios con un corte más rock o bohemio "en serio", -entiéndase no fashion pequeñoburgués-, mientras los sitios con reggaetón y otras bazofias siguen tan campantes. Pero especular más estaría fuera de lugar.
Igual, es sencillamente frustrante carecer ya de los únicos sitios de reunión que tenía en esta apestosa ciudad a la cual apenas comenzaba a tenerle algo de afecto. Y nos obliga a mis amigos y a mí buscar alternativas: ni pubs, ni buenos bares, ni sitios que sean en realidad para conversar más que para embriagarse, sempiternos ganadores en este país etílico. Espero que los grandes cambios que esperaba para este año no se sigan cuantificando en pérdidas...
lunes, 29 de enero de 2007
Miro un grabado de Durero
Vuelvo a la ciudad.
El viaje comenzó en la selva.
¿Estoy en casa?
En medio de estas jornadas en las que sigo preguntándome por la realidad y el destino, me pregunto si de verdad algunos seres nacemos para estar atados a la tristeza. Estudio psicología, conozco de sobra las doctrinas que nos hablan acerca de la decisión de cambiar para dejar atrás los complejos o los sufrimientos “irracionales”. En realidad, toda mi vida ha sido una búsqueda de dos cosas: la primera es la posibilidad de una trascendencia, algo que de verdad me diga que vale la pena vivir, y la otra saber qué es el dolor y qué hacer con él.
Pero ambas son un ciclo de nunca acabar. Aún más el del dolor, o el modo en que lo vivo, la recurrente tristeza. Desde mi adolescencia me adscribo a la idea que leí de Hans Küng de que el único modo digno y realmente humano de confrontar el dolor es convertirlo en coraje para seguir adelante. Si no hubiese sido por esa idea salvadora –ahora lo sé- el escritor de estas líneas ya estaría haciendo su parte silenciosa en el ciclo que sigue a la muerte. Pero con todo, eso no evita que persistir para aprender, aprender de sufrir, sufrir por persistir y persistir para luego volver a sufrir, es en verdad algo desgastante. Un día como hoy estoy desnudo ante mis fracasos y carencias, las malas decisiones, la sensación de que invertido muchas energía y tiempo en gente que no lo ameritaba, el ver de nuevo el amor convertirse en tedio y dejar atrás varios de mis proyectos porque de pronto se me figuran como completamente ajenos.
Y se supone que esto lo analizaré, hablaré con un amigo –¿me he quedado sin amigas cercanas otras vez?- escucharé uno de mis álbumes antidepresivos, leeré algo estimulante, pretenderé que tengo futuro como escritor pese a que no hago nada bueno desde hace rato, pensaré en cómo ser algo más de lo que soy ahora mientras dejo cada día atrás mis verdaderas posibilidades de ser. Y así, hasta la próxima en que la melancolía me recuerde su lugar en mi vida.